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By Frank Miller

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Fisica Aplicada a La Arquitectura

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Elogio De La Madrastra

Vargas Llosa nos result in sin paliativos a dejarnos prender en los angeles pink sutil de perversidad que, poco a poco, va enredando y ensombreciendo las extraordinarias armonía y felicidad que unen en l. a. plena satisfacción de sus deseos a los angeles sensual doña Lucrecia, los angeles madrastra, a don Rigoberto, el padre, solitario practicante de rituales higiénicos y fantaseador amante de su amada esposa, y al inquietante Fonchito, el hijo, cuya angelical presencia y anhelante mirada parecen corromperlo todo.

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Gritó Mamadou—. ¡Pues si se cree que me voy a pesar yo, va listo! Mamadou debía de pesar unos cien kilos como mínimo. Dándose palmetazos en los muslos, exclamaba: —¡Jamás de los jamases! ¡Si me subo a ese peso, lo espachurro, y al médico también de paso! ¿Y qué más? —Te van a poner inyecciones —soltó Carine. —¿Inyecciones de qué, a ver? —Que no, mujer, que no —la tranquilizó Camille—, sólo te va a escuchar el corazón y los pulmones... —Ah, eso vale. —También te va a tocar la tripa... —Pero bueno —rezongó—, pero bueno, pues sólo faltaba.

Ella lo miró sin comprender. —Sí, o sea, yo me entiendo, ¿por qué «esto»? ¿Por qué no otra cosa? —¿Y por qué no podría hacer esto?. —No le apetece ejercer una actividad más... más... —¿Gratificante? —Sí. —No. El médico permaneció así un rato, con el lápiz en el aire y la boca entreabierta, y luego consultó su reloj para leer la fecha y le preguntó sin levantar la cabeza: —¿Apellido? —Fauque. —¿Nombre? —Camille. —¿Fecha de nacimiento? —17 de febrero de 1977. —Tenga, señorita Fauque, es usted apta para trabajar...

Si la molesto, porque... la molesto, ¿verdad? Era horrible. Camille nunca sabía si debía reírse o sentir lástima. Esa timidez enfermiza, su forma de hablar tan alambicada, las palabras que empleaba, y esos gestos tan exagerados la incomodaban tremendamente. —¡No, no, en absoluto! ¿Se le ha olvidado el código? —Diantre, no. O sea, no que yo sepa... O sea, no... no había considerado la cuestión desde ese ángulo... Dios santo, yo... —¿Lo han cambiado acaso? —¿De verdad lo cree usted? —le preguntó, como si acabara de anunciarle el fin del mundo.

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