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By Mario Vargas Llosa

Vargas Llosa nos result in sin paliativos a dejarnos prender en l. a. pink sutil de perversidad que, poco a poco, va enredando y ensombreciendo las extraordinarias armonía y felicidad que unen en los angeles plena satisfacción de sus deseos a los angeles sensual doña Lucrecia, l. a. madrastra, a don Rigoberto, el padre, solitario practicante de rituales higiénicos y fantaseador amante de su amada esposa, y al inquietante Fonchito, el hijo, cuya angelical presencia y anhelante mirada parecen corromperlo todo. l. a. reflexión múltiple sobre l. a. felicidad, sus oscuras motivaciones y los paradójicos entresijos del poder putrefactor de los angeles inocencia, que subyace en cada una de sus páginas, sostiene una narración que cumple con l. a. exigencias del género sin por ello deslucir l. a. rica filigrana poética de l. a. escritura. Vargas Llosa introduces us to the sophisticated net of perversity surrounding Lucrecia, the sensual step-mother, Rigoberto, the daddy and an resourceful lover to his spouse, and Fonchito, the son. a desirable interaction among innocence and perversity.

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Elogio De La Madrastra

Vargas Llosa nos result in sin paliativos a dejarnos prender en los angeles pink sutil de perversidad que, poco a poco, va enredando y ensombreciendo las extraordinarias armonía y felicidad que unen en l. a. plena satisfacción de sus deseos a l. a. sensual doña Lucrecia, los angeles madrastra, a don Rigoberto, el padre, solitario practicante de rituales higiénicos y fantaseador amante de su amada esposa, y al inquietante Fonchito, el hijo, cuya angelical presencia y anhelante mirada parecen corromperlo todo.

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Esa soy yo cuando, por ti, me saco la piel de diario y de días feriados. Esa será mi alma, tal vez. Tuya de ti. Se ha suspendido el tiempo, por supuesto. Allí no envejeceremos ni moriremos. Eternamente gozaremos en esa media luz de crepúsculo que ya estupra la noche, alumbrados por una luna que nuestra embriaguez triplicó. La luna real es la del centro, retinta como ala de cuervo; las que la escoltan, color del vino turbio, ficción. Han sido abolidos también los sentimientos altruistas, la metafísica y la historia, el raciocinio neutro, los impulsos y obras de bien, la solidaridad hacia la especie, el idealismo cívico, la simpatía por el congénere; han sido borrados todos los humanos que no seamos tú y yo.

Pero, como siempre que pensaba en esto, un presentimiento echó una sombra sobre esa utopía: las cosas sólo ocurrían así en las películas y en las novelas, mujer. Sé realista: tarde o temprano, acabará mal. La realidad nunca era tan perfecta como las ficciones, Lucrecia. –No, todavía tenemos tiempo, mi amor. Faltan más de dos horas para la llegada del avión de Piura. Si es que no se atrasa. –Entonces, voy a dormirme un rato, qué flojera tengo –bostezó el niño. Ladeándose, buscó el calor del cuerpo de doña Lucrecia y recostó la cabeza en su hombro.

Estás bien? ¿Por qué no contestas? ¡Alfonso! La llave giró en la cerradura, chirriando, pero la puerta no se abrió. Doña Lucrecia tragó una bocanada de aire. El suelo era otra vez sólido bajo sus pies, el mundo se reordenaba después de haber sido un resbaladizo tumulto. –Déjame sola con él –ordenó a Justiniana. Entró en el cuarto, cerrando la puerta a su espalda. Hacía esfuerzos por reprimir la indignación que iba ganándola, ahora que había pasado el susto. El niño, todavía con la camisa y el pantalón del uniforme de colegio, estaba sentado en su mesa de trabajo, la cabeza baja.

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